Santa Catalina de Siena
Beato Alberto Hurtado
San Francisco de Asis
Santa Ana y San Joaquín
       
  SANTA CATALINA DE SIENA  
 

Nació en Siena el día de la fiesta de la Anunciación. A los seis años tuvo una extraordinaria experiencia mística que definió su vocación, entregándose enteramente a Cristo. Siendo muy joven y con cierta dificultad, logró hacerse terciaria de la Orden de Santo donde pese a las consolaciones y visiones, tuvo que vencer pruebas muy duras. Por revelación divina, la santa salió a trabajar por la salvación del prójimo, asistiendo a los enfermos en los hospitales en especial aquellos que padecían enfermedades repugnantes como la lepra. Poco a poco reunió a un grupo de amigos y discípulos formando una "gran familia" y que durante la epidemia de la peste, asistieron a casi todos los enfermos de la ciudad.

La caridad de la santa también se extendía a los condenados a muerte a quienes ayudaba a encontrar a Dios. Santa Catalina fungió exitosamente como moderadora entre la Santa Sede y Florencia pues ésta había formado una liga contra el Vaticano, y que finalmente se llegó a la reconciliación bajo el Papa Urbano VI. Santa Catalina entonces volvió a Siena donde empezó a escribir su famosa obra mística "Diálogo de Santa Catalina" pero paralelamente, la salud de la santa empeoraba obligándola a soportar grandes sufrimientos. Dos años después del fin del cautiverio de los Papas en Aviñon estalló el escándalo del gran cisma, por lo que Santa Catalina se estableció en Roma, donde luchó infatigablemente con oraciones, exhortaciones y cartas, para ganar nuevos partidarios al Papa legítimo.

Pero la vida de la santa tocaba a su fin y en 1380 el 21 de abril, un ataque de apoplejía la dejó semiparalítica y ocho días después murió a los 33 años de edad.

 
   
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  BEATO ALBERTO HURTADO
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Nace el 22 de enero de 1901 en Viña del Mar, Chile. Sus padres fueron Alberto Hurtado Larraín y Ana Cruchaga Tocornal y fue el mayor de dos hermanos. Contaba sólo 4 años, cuando su padre falleció, lo que significó que la familia se trasladara desde el fundo en Casablanca, a Santiago.

En 1909 ingresó al Colegio San Ignacio de Santiago, donde en 1915 conocería al padre Fernando Vives Solar (s.j.), su profesor de Historia, quien sería importante en su vocación.

Al finalizar sus estudios secundarios, ingresó a estudiar Derecho en la Universidad Católica, al mismo tiempo para ayudar a su familia, trabajó en El Diario Ilustrado, periódico que defendía los ideales católicos y conservadores.

En 1919, cuando entró al Partido Conservador como prosecretario rentado.

El 15 de agosto de 1923 ingresó a la Compañía de Jesús, realizando su preparación en Chile, Argentina, España y Bélgica. Fue ordenado sacerdote en Lovaina por el cardenal Van Roey, primado de Bélgica el 24 de agosto de 1933.

En 1934 fue comisionado por el Ministerio de Educación de Chile para estudiar en Bélgica y en Alemania. Se dedicó especialmente a los temas pedagógicos. Al año siguiente, el 10 de octubre de 1935, recibió su grado de doctor en Pedagogía.

Luego de recorrer Europa en misión profesional, regresó a Chile en febrero de 1936.

A partir de 1936, el padre Hurtado inició una corta, pero intensa y fructífera labor pastoral. Entusiasmado con la Pedagogía y especialmente con el pensamiento del famoso pedagogo norteamericano John Dewey, hizo de su lema una acción: “La educación es vida, no preparación para la vida”.

Sus ideas prosperaron rápidamente en las aulas del Colegio San Ignacio, en su curso de Apologética del sexto año de Humanidades. La comunicación con sus alumnos era esencial, como él mismo señaló: “Es mucho más fácil enseñar que educar; para lo primero basta saber algo, para lo segundo, es menester ser Algo”.

Como profesor de Religión y director espiritual del Colegio y de la Congregación Mariana de los Jóvenes, su labor se orientó a aumentar las vocaciones sacerdotales.

El 9 de octubre de 1938 se puso la primera piedra del Noviciado, cuya construcción había quedado a su cargo; se consagró a la difícil tarea de obtener los fondos para el edificio. Anexo al Noviciado se construyó también La Casa de Ejercicios de Marruecos –en la localidad del mismo nombre, que actualmente se llama Padre Hurtado– otra obra suya.

En 1941 Alberto Hurtado fue nombrado asesor de los jóvenes de la Acción Católica de la Arquidiócesis de Santiago, y pocos meses más tarde, de los jóvenes de la institución en todo Chile.

Su objetivo era colocar a los universitarios que allí participaban frente al mundo real y concreto, levantando la consigna de: “¡Formar al Hombre, formar al Cristiano, formar al Jefe!”.

El dinamismo que le imprimió a su trabajo permitió que la institución creciera de 1.500 jóvenes y 60 centros en 1941, a 12.000 adherentes y 600 centros hacia 1944.

En 1943 el padre Hurtado estimuló la formación del llamado Servicio de Cristo Rey, que agrupaba a jóvenes que se consagraban a vivir plenamente su fe y aceptar todos los sacrificios que trajera consigo el apostolado de la Acción Católica.

Él mismo elegía a los miembros de este verdadero ejército, que se enrolaban por un año, prestando su promesa ante el Santísimo Sacramento, por lo que recibían como distintivo un crucifijo que llevaban oculto sobre el pecho.

Su acción no dejó de tener adversarios. Finalmente, las diferencias con monseñor Molina, padre general de la Compañía de Jesús, lo motivaron a dejar su cargo, en noviembre de 1944.

En octubre de 1944, mientras realizaba un retiro para un grupo de señoras a las que explicaba el Evangelio, de repente el sacerdote se quedó en silencio pensativo y luego les señaló su encuentro con un mendigo enfermo y hambriento que le pidió ayuda. “Cada uno de esos hombres es Cristo. ¿Y qué hemos hecho por esos hijos que andan por las calles bajo la lluvia y duermen en las noches de invierno en los huecos de las puertas y suelen amanecer helados? Esas cosas pasan en un país cristiano... ¡Qué bueyes somos los católicos, qué dormidos, qué poco inquietos por la solidaridad social! ¡Todo son dificultades, tropiezos, escándalos!”, les dijo.

Su discurso fue vehemente e impresionó a sus auditoras. Fue un hecho providencial: sin pensarlo, el Padre Hurtado recibió importantes donaciones de estas señoras, incluso un terreno.

Con la venia de sus superiores, y habiendo iniciado una campaña en El Mercurio —donde daba cuenta de su proyecto señalando: “dar posada al mendigo, darle alimento, darle educación, si fuese posible iniciar a algunos en un trabajo que los haga escapar de su horrible miseria”—, el 21 de diciembre de 1944 se puso la primera piedra del Hogar de Cristo en el terreno donado por la familia Covarrubias Valdés, en la calle Bernal del Mercado, cerca de Estación Central.

En septiembre de 1945 quedó resuelta la compra de una casa en el barrio Independencia, para instalar un hogar de niños en vagancia, y poco después la fundación de un hogar para mujeres indigentes y sus hijos, en calle Tocornal.

En 1946 fundó la Escuela Granja, en Colina, producto de su interés no sólo por dar alimento, sino también instrucción técnica a los jóvenes y educación familiar a los adultos.

En junio de 1947, la Acción Sindical y Económica Chilena (Asich) fue objeto de sus desvelos. Surgió con ciertas reticencias de la jerarquía, pero hacia 1950 ya era reconocida por la Conferencia Episcopal. Lo que era un imperativo para la Iglesia, temerosa del avance comunista, fue una señal para el padre Hurtado.

En agosto de 1947 el padre Hurtado viajó a Europa y en Roma fue recibido, el 8 de octubre de 1947, por S.S. Pío XII, a quien pidió autorización para preparar dirigentes obreros en el pensamiento católico para los sindicatos, y patrones jóvenes comprometidos con la doctrina social. La petición fue bien recibida por el Papa.

En 1949 publicó El Orden Social Cristiano en los Documentos de la Jerarquía Católica y Sindicalismo, Historia, Teoría, Práctica. La necesidad de difundir la doctrina social y su acción, lo llevaron a pensar, hacia 1950, en la fundación de una revista y así nació, en octubre de 1951, Mensaje, de la cual fue su primer director. Esta fue su última obra.

En 1952 su extenuante actividad y entrega por los demás hizo cada vez más evidente su enfermedad: cáncer al páncreas, mal muy poco común en esa época. En su lecho de enfermo quiso recibir a todos, era un moribundo feliz que decía ante la muerte: “¡Contento, Señor, Contento!”, ahora “porque vuelvo a mi Padre Dios”. El 18 de agosto de 1952 dejó este mundo.

Su labor sacerdotal, unida a su vocación educadora y social, se plasmaron en su obra, duradera e inspiradora de muchas generaciones, producto de su lucha incansable por despertar la conciencia de los católicos, para que la fe se encarnara en la vida.

Como él mismo decía: “Nunca los valores de verdad, de justicia y de amistad fraternal se quedarán sin testimonio”. Su espíritu de caridad y su capacidad de actuar cautivaron y atrajeron la admiración de sus contemporáneos y de los que aún siguen su inspiradora senda.
 
   
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  SAN F RANCISCO DE ASIS
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Francisco Bernardone nació en Asís, Italia, en el año 1182. Sus padres fueron Pietro Bernardone y Madonna Pica. Siendo joven participó en la guerra entre las regiones de Perusa y Asís, en 1202, y en la batalla de Collestrada fue tomado prisionero y liberado al año siguiente. En 1205 se enroló nuevamente en el ejército y partió a la guerra, pero en el trayecto tuvo un sueño en el que una voz le ordenó volver y dar otro rumbo a su vida. Entonces comenzó su conversión: se apartó de los amigos, frecuentó la compañía de los pobres e intensificó la vida de soledad y oración.

En 1206, a la edad de 24 años, renunció a las riquezas y a su familia, y se trasladó a la localidad de Gubbio para servir a los leprosos. De regreso en Asís, vistió el hábito de ermitaño y trabajó en la restauración de las ermitas de San Ubicación de la ciudad de Asís Damián, San Pedro y Santa María de los Ángeles (también llamada la Porciúncula).

En 1208, mientras oía misa en la Porciúncula, escuchó el evangelio del envío de los discípulos en misión y descubrió su vocación evangélica y apostólica. Empezó a predicar la paz, la igualdad entre los hombres, el alejamiento de la riqueza, la dignidad de la pobreza, el amor a todas las criaturas y la venida del Reino de Dios. Entonces se le unieron los tres primeros compañeros: Bernardo de Quintavalle, Pedro Cattani y Gil de Asís, con quienes nace la I Orden Franciscana.

En 1209 escribió la primera Regla de la Orden, que dictaba el estilo de vida para los franciscanos. Sus preceptos eran una vida basada en el amor, la oración y la paz; votos de pobreza completa, lo que incluía renunciar a las propiedades; sustento del propio trabajo o, en caso necesario, de la limosna; y ofrecer ejemplo de renuncia de sí mismo. Viajó a Roma con sus once compañeros para reunirse con el Papa Inocencio III y consiguió la aprobación verbal de la Regla. La pequeña fraternidad escogió la Porciúncula como el primer hogar de la Orden. En marzo de 1212, la noche del Domingo de Ramos, fue consagrada Clara, dando inicio a la II Orden Franciscana, también llamada Clarisas o Damas Pobres. Ese mismo año, Francisco se embarcó rumbo a Siria para continuar su obra apostólica en Oriente, pero los vientos contrarios hicieron fracasar su viaje y regresó. Los años siguientes viajó por Italia, Francia y España. El 14 de mayo de 1217, durante Pentecostés, se celebró en la Porciúncula el primer Capítulo General, junta para organizar a sus seguidores en provincias y señalar lugares específicos de misión. La Orden se dividió en doce provincias.

En 1219 consiguió viajar a Oriente, donde fue recibido por el sultán de Egipto, pero tuvo que regresar apresuradamente a Italia debido a problemas surgidos entre sus seguidores. En 1220 se retiró del gobierno de la Orden y nombró como su Vicario a Pedro Catan. En 1221 fundó la III Orden, conocida como Terciarios, a la que podían pertenecer quienes estuvieran ligados a ocupaciones civiles, estuvieran casados o simplemente no pudieran seguir la I Orden por razones de vocación o enfermedad. Ese mismo año, la organización eclesiástica le solicitó que la Regla escrita hace once años (llamada primera Regla) fuera nuevamente redactada, más breve. La Regla definitiva fue aceptada por el Capítulo de Pentecostés (junta de religiosos) y aprobada y confirmada mediante bula (documento eclesiástico) por el papa Honorio III. En 1224, Francisco pasó la cuaresma de San Miguel en el monte La Verna (en los Montes Apeninos, Italia), con el fin de hacer penitencia. Allí recibió en su cuerpo las Llagas(estigmas o señales) de la Pasión de Cristo. En ese tiempo también tuvo una grave afección a los ojos que lo dejó casi ciego, pero pese a su condición continuó predicando. En 1226, su estado de salud siguió empeorando progresivamente y fue trasladado a Asís. Al sentir cercana la muerte, pidió que lo llevaran a la Porciúncula.

El sábado 3 de octubre de 1226, hacia las 19 horas, murió a la edad de 44 años. Al día siguiente, domingo 4 de octubre, su cuerpo fue trasladado a Asís y sepultado en la iglesia de San Jorge. El 16 de julio de 1228, el Papa Gregorio IX canonizó a Francisco de Asís y se convirtió en Santo.

 
   
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  SANTA ANA Y SAN JOAQUIN
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El protoevangelio de Santiago cuenta que los vecinos de Joaquín se burlaban de él porque no tenía hijos. Entonces, el santo se retiró cuarenta días al desierto a orar y ayunar, en tanto que Ana (cuyo nombre significa Gracia) "se quejaba en dos quejas y se lamentaba en dos lamentaciones". Un ángel se le apareció y le dijo: "Ana, el Señor ha escuchado tu oración: concebirás y darás a luz. Del fruto de tu vientre se hablará en todo el mundo". A su debido tiempo nació María, quien sería la Madre de Dios. Esta narración se parece mucho a la de la concepción y el nacimiento de Samuel, cuya madre se llamaba también Ana ( I Reyes, I ). Los primeros Padres de la Iglesia oriental veían en ello un paralelismo. En realidad, se puede hablar de paralelismo entre la narración de la concepción de Samuel y la de Juan Bautista, pero en el caso presente la semejanza es tal, que se trata claramente de una imitación.

La mejor prueba de la antiguedad al culto a Santa Ana en Constantinopla es que, a mediados del siglo VI, el emperador Justiniano le dedicó un santuario. En Santa María la Antigua hay dos frescos que representan a Santa Ana y datan del siglo VIII. En 1382, Urbano VI publicó el primer decreto pontificio referente a Santa Ana; por él concedía la celebración de la fiesta de la santa a los obispos de Inglaterra exclusivamente. La fiesta fue extendida a toda la Iglesia de occidente en 1584.

 
 
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